El vicio del poder: ah, las intenciones

  21 Febrero 2019    Leído: 567
El vicio del poder: ah, las intenciones

Cuenta con ocho nominaciones a los Oscar, que se entregan el día 24.

Cuando un Dick Cheney ebrio hasta la... Bueno, seamos sinceros: antes de pagar la entrada del cine al mismo precio que con el IVA al 21% -¡ca!- alguien puede desconocer quién fue o es Dick Cheney. El nombre de dibujo animado no aparece en los manuales de historia estudiados por los millennials tardíos. Pero ese es otro asunto. Volvamos a El vicio del poder (Adam Mckay), Vice, vicio en inglés y a la vez, abreviatura de vicepresidente. Comienza el juego.

Un googleo rápido en búsqueda de algún spoiler, cada uno con sus vicios confesables, encontró freno en The New Yorker. Ahí, bajo el titular Vice vs el Dick Cheney real, un atrayente artículo desmenuza por encima, no superficialmente, la vida del que muchos consideran que fue el vicepresidente con más poder de EEUU y el ¿cerebro? detrás la guerra de Irak.

El redactor de The New Yorker advierte de un asunto peliagudo: "Vice trata el conservadurismo como una combinación de resistencia al movimiento por los derechos civiles, el entusiasmo de los hermanos Koch por reducir impuestos y regulaciones, y el oportunismo puro. [Pero] El conservadurismo de Cheney, en el fondo, no es ninguno de estos. Es lo que podríamos llamar de amenazas. Fuerzas poderosas, determinadas e inmensamente destructivas (la Unión Soviética, el Islam radical, la izquierda doméstica) quieren destruir la libertad y la democracia estadounidenses. Los políticos complacientes, especialmente los liberales, son incapaces de entender esto o de convocar la voluntad de combatirlo. Por lo que es imperativo usar el poder de manera inusual, silenciosa, experta y agresiva". Es decir, ¿estamos ante una especie de biopic que no capta fielmente la esencia del retratado? Incroyable.

El típico listillo, dirán ustedes. Así que se disponen sin prejuicios a ver la película sobre el hombre que amasó tanto poder que mandaba más que el mismísimo presidente de EEUU, convencidos de que obtendrán las claves que le llevaron a deambular por el Congreso, el Senado y la Casa Blanca hasta susurrar al oído a George W. Bush, encarnado -encarnizadamente- por un distraído y placentero Sam Rockwell que para imitar a la perfección la dicción del presidente incluso se colocó una prótesis en la nariz.

Arranca la historia: "Esta película está basada en hechos y personajes reales", se lee en unas letras con tipografía propia de comedia. Y, de repente, uno recibe el bofetón preventivo de The New Yorker. De los paternales, de esos que trasladan a uno a la infancia, de los que parecen hablar cuando la cara aún arde tras el golpe: "Ya te había avisado". Los siguientes mensajes del director se resumen tal que así: Dick Cheney es un personaje muy hermético. Como no hemos podido acceder a él, nos hemos inventado bastante de su personalidad y de sus declaraciones en los momentos más decisivos de su vida. Pero tranquilo, señor espectador, hemos trabajado como "cabrones" [sic].Excusatio non petita....

Sin previo aviso, asistimos a escenas que no gozan de la suficiente credibilidad, como el cómico encuentro en el que Cheney acepta vicepresidir a Bush. Y delirantes, en las que los diálogos se suprimen por imágenes sin audio o se intercambian por versos shakesperianos en el lecho conyugal. Extraña vida marital la de los Cheney. Recursos disparatados que no parecen formar parte de la película que el espectador pretendía, a priori , ver. Ahí, quizá, radique su genialidad. Primero pueden generar rechazo. Después perplejidad. Pero también habrá quien se envicie.

Quizá haya que prevenirse para un falso documental. Ya saben: estos que mienten para que el espectador se quede con la verdad (¡ja!). Desde el principio de la película suena un narrador omnisciente que hace pensar que ese puede ser el camino. Transcurridos cinco minutos, el único puente que quiere construir el espectador es el que lleve a despeñarse al narrador. Sus intervenciones son tan agotadoras que apenas dejan disfrutar de la enésima (in)creíble actuación de Christian Bale. Sí: el desquiciado Patrick Baterman, el famélico Trevor Reznik, el musculado Bruce Wayne y, ahora, un Dick Cheney con visibles signos de obesidad. Más 20 kilos ha engordado para el papel.

Versátil es un adjetivo inherente a Bale, quien tras recibir el premio a mejor actuación masculina de los Globos de Oro agradeció a Satanás el haberle inspirado para dar vida a Cheney. Su declaración y la película en sí misma, que pinta al hombre al que no pudieron acceder como un tipo inefable, han levantado bastante polvoreda en EEUU, donde los sectores conservadores tildan el film de "propaganda". Ya se pueden imaginar que no republicana. Otra excusa no solicitada: la jocosa escena post-créditos.

Pero... ¿y la película? Matando al narrador, la historia está bien resuelta. La evolución del personaje de Bale, no digamos de Cheney, ya que desconocemos si es el Cheney real, engancha. Un paleto borracho que gracias al carácter de su mujer se siente capacitado para alcanzar casi todas sus metas maniobrando siempre de frente pero maquinando en silencio. Pero sigue molestando a lo largo de las dos horas y cuarto de metraje la incógnita sobre las motivaciones de Cheney. Y aquí reside la relevancia de lo escrito por el listillo de The New Yorker.

Porque podemos quedarnos con que la película está inspirada en un hecho real: la guerra de Irak existió y sus causas no parecieron ser las aparentes. Pero las intenciones que supuestamente mueven a Cheney deberían ser el leitmotiv del filme. Se le presenta como un arribista al que sólo lo mueve el vicio del poder hasta el punto de que decide pisotear al todopoderoso presidente de EEUU para dotar el cargo de vice de una relevancia hasta el momento inusitada... ¡La película incluso lo señala como uno de los culpables de la prosperidad del Estado Islámico! Y acaba con el propio Cheney rompiendo la cuarta pared con un discurso incendiario sin atisbo de arrepentimiento y justificando sus ¿execrables? actos. Leído lo escrito y visto lo grabado, desconocemos cuán fiel es el personaje con la persona.

Conspiraciones aparte, la película navega en el limbo de la comedia dramática. La vida de la familia Cheney bien da para un serial. Esposa republicana cerrada -otra interpretación cumbre de Amy Adams, mujer con poder que pretende empoderar a su marido-, y un Cheney que dice amar a su familia por encima de todo, lo que le lleva a apoyar a su hija homosexual y, al tiempo, aconsejar a su otra hija para que se posicione frente a las uniones gays por el bien de su carrera. Simplemente genial.

Porque Mary es lesbiana y Liz acabará dedicándose a la política, también por el bando republicano. Así (esto no es veraz, es real) un año después de que Mary se declare lesbiana públicamente y se case, su hermana Liz se presenta como candidata por el Senado y se declara en contra del matrimonio homosexual. Boom. "Quiero mucho a Mary. Quiero mucho a su familia. Esta es simplemente una cuestión en la que no estamos de acuerdo" (...) "Liz, no es simplemente una cuestión en la que diverjamos, es que es algo en lo que estás equivocada, estás en el lado equivocado de la historia". Convendrán en que la relación familiar no puede volver a a ser la misma.

El elenco de actores es notable. Lo que hace incidir aún más en la eterna pregunta: por qué esa relevancia del narrador en detrimento de los protagonistas, como si fuese el mismísimo corazón de la película (esto es un guiño). Pero bueno, el experto es Adam McKay, que ya sabe lo que es abrillantar un Oscar por otra comedia dramática, La gran apuesta, también con Christian Bale y Steve Carell. Ya entonces McKay se vestía de sátiro, mas con la economía en vez de la política como melodía.

A nadie va a aburrir un envejecido para el papel Carell, que enamora a Cheney interpretando al ex secretario de Defensa Donald Rumsfeld tras un discurso que propicia una de las escenas más elocuentes de la película: cuando los jovencísimos becarios del Congreso deben elegir de quién quieren aprender las artimañanas de la política.

-¿De qué partido es el que acaba de hablar?, pregunta un rehabilitado Cheney a un compañero que le imploraba trabajar para el equipo demócrata.

-Republicano.

-Perfecto, porque eso es lo que voy a ser.

Ah, las intenciones...

Vice atesora ocho nominaciones a los Oscar. Y es que aunque la película supera en varios instantes el disparate, quizá sea un disparate bien aderezado.

Elmundo


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