La Vanguardia: Regreso a Nagorno-Karabaj tras la guerra

  08 Marzo 2021    Leído: 865
  La Vanguardia: Regreso a Nagorno-Karabaj tras la guerra

Los azerbaiyanos expulsados en 1994 aguardan las grandes obras en marcha para poder regresar a sus casas.

Hágase la luz, ha dicho Azerbaiyán. Cientos de miles de desplazados internos quieren regresar a la tierra prometida que un día fue suya, en Karabaj. Y tienen prisa, después de tres décadas en el limbo. Les urge porque de sus casas ya no queda nada -tres o cuatro paredes a medio derruir, con suerte- y habrá que rehacerlo absolutamente todo. Aunque antes Bakú tendrá que peinar la muerte a plazos escondida en campos y arcenes -ya está desminando concienzudamente. Tiene por delante miles de kilómetros cuadrados, sin mapas de minas, que Bakú dice que Erevan le niega y que Erevan niega que existan.

Asimismo, en paisajes devueltos a la Edad de Piedra tras treinta años sin cultivar, lo primero que se está plantando son postes de electricidad y torres de alta tensión, con cables que brillan como si fueran de plata contra un cielo recién estrenado.También una primera central eléctrica, en construcción, con muchos turcos entre los obreros.

Azerbaiyán reconstruye con brío en sus conquistas
Donde hace dos meses y medio no había más que cicatrices de guerra, campos incultos y cascotes, hay ahora una actividad frenética en varios frentes. Desminando, electrificando y conectando. Porque en la llanura de Fuzuli, donde no hay un alma en veinte kilómetros a la redonda, empieza a tomar forma lo que de entrada desafía la imaginación: "Un aeropuerto internacional", dicen. Como un verso suelto de Fuzuli, el sufí azerí de hace quinientos años, autor de "Vino y hachís".

Y lo repiten como si lo más natural del mundo fuera empezar una casa por el tejado, o resucitar una comarca vacía poniéndole un aeropuerto en el más alto de sus páramos. Se adivina ya la pista de aterrizaje, casi a punto para asfaltar y por la que circulan docenas de apisonadoras y camiones. Excavadoras y grúas se centran ya en los cimientos de la futura terminal. Una vez más, varios contratistas son turcos.

Un aeropuerto, una central eléctrica y una carretera a Shusha, en obras
Un representante de Azerbaijan Airlines asegura que será ."el segundo aeropuerto del país”, en mitad de lo que fueron viñas y ahora son pastos sin rebaños. Todo ello, como es sabido, fruto del vaciado y derribo de un gran número de pueblos y de ciudades medias como Agdam o la misma Fuzuli, para crear una amplia zona de seguridad alrededor de lo que todavía es, solo para sus ojos, la república armenia de Artsaj.

En el Cáucaso, como en los Balcanes, las inquinas atávicas y las exacciones están muy repartidas. El reverso de la medalla es Mets Tagher, ya dentro de Nagorno-Karabaj. Era un

Las minas alargan el retorno de los desplazados internos
pueblo totalmente armenio hasta el otoño pasado, en el limbo de Artsaj. Temiéndose lo peor, la población huyó a Armenia en los últimos compases del conflicto. Se trata de un pueblo relativamente próspero, encarado hacia una cortina de montañas nevadas.

Ante el avance azerbaiyano, todos los vecinos huyeron, dejando atrás un pueblo fantasma, sin apenas rastros de la guerra. Solo un silencio pesado, fuera de lugar en un pueblo que era famoso por sus campanas. Todavía húmedo y caliente, propio de quien ha dejado la cama sin hacer y ha cerrado la puerta y no se ha atrevido a seguir la consigna de prender fuego a la casa, porque ¿quién sabe?

"Ahora sabrán lo que se siente", masculla alguien. El Cáucaso, como los Balcanes, advierte de que la última etapa del nacionalismo extremo y excluyente es la deshumanización del otro. Y que una vez franqueada esa línea roja, cualquier barbaridad es posible.

Desde el minarete de Agdam, Nagorno-Karabaj, se divisa la ciudad totalmente arrasada
Un par de pueblos en el mismo distrito de Khojavend fueron tomados en diciembre por el ejército azerbaiyano, pese al acuerdo en vigor, aprovechando que las fuerzas de paz rusas aún no se habían desplegado.

En Mets Tagher -Böyük Taglar en azerí- llaman la atención los carteles en algunas fachadas con banderas de Turquía y Azerbaiyán. Son de una constructora y la explicación es que muchos turcos que trabajan en las obras antes reseñadas están alojados en estas casas armenias abandonadas. Por la sencilla razón de que no hay ningún otro techo en muchos kilómetros.

Un guía, que vivió hasta los catorce años en la ciudad de Agdam, vaciada de su población abrumadoramente azerbaiyana a principio de los noventa, dice experimentar "sentimientos contradictorios". Su pesadumbre, al cruzar el borde de la ciudad, lo atestigua. “Puedo meterme en la piel de esta gente”.

Sin embargo, señala que este había sido un pueblo mixto, aunque no sabe decir hasta qué punto. "Los azeríes que tuvieron que huir ahora podrán volver. Sus casas fueron ocupadas por colonos armenios de Siria o del Líbano", asegura. Una afirmación repetida a menudo en Azerbaiyán y seguramente exagerada.

Un coche patrulla no permite ir más allá de la primera calle, ni hurgar en la ausencia de estos cientos de familias, ahora repartidas entre Ereván y otra ciudad armenia. Desde el borde de la carretera se aprecia una iglesia pétrea, que había sido restaurada y devuelta al culto hace apenas tres años, tras haber sido un almacén desde la época soviética.

Mets Tagher también es famosa por contar con unas cuevas que albergaron a algunos de los primeros homínidos de Eurasia. El último avatar, armenio, de la población, no esperó a la llegada de los drones turcos e israelíes, por lo que ha terminado vacío pero intacto. Una sabiduría derivada tal vez de que aquí nació el mariscal armenio de la fuerza aérea soviética durante la Segunda Guerra Mundial, Serguéi Judyakov. Héroe de la U.R.S.S. antes de que Stalin lo mandara ejecutar, dispone de un museo con avioneta junto a la iglesia, de futuro incierto. Es dudoso que el monumento a las víctimas de la anterior guerra siga en pie.

Como dudoso es el porvenir de toda la región mientras siga coartado por las minas, que serán una pesadilla durante muchos años. Media docena de desminadores, con perros adiestrados, rastrea una zona junto a la carretera, cuyo asfalto es el único terreno verdaderamente seguro.

Como el de la nueva "Autopista de la victoria", en realidad una carretera corriente, con destino a Shusha. Una ciudad superlativa en el imaginario azerbaiyano y también en la imaginación de sus generales, que desde allí dominan a vista de pájaro Stepanakert, la capital de Alto Karabaj bajo control armenio.

No cabe duda de que Azerbaiyán ha recuperado una de las partes más hermosas de su territorio. Los desplazados internos azeríes -a quienes los armenios llaman despectivamente "turcos"- muestran sorpresa cuando se les pregunta si algún día volverán a lo que había sido su pueblo. Para ellos es algo que no admite preguntas. Es donde están sus recuerdos y donde les esperan sus difuntos.

JORDI JOAN BAÑOS
FUZULI (AZERBAIYÁN). ENVIADO ESPECIAL


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