Las teorías de que Hitler no se suicidó: huyó a Barcelona y murió en Argentina a los 73 años

  15 Noviembre 2019    Leído: 400
  Las teorías de que Hitler no se suicidó:   huyó a Barcelona y murió en Argentina a los 73 años

Desde 1945, algunos autores se ha resistido a creer que el Führer no se disparó en la cabeza en su búnker. Aún siguen apareciendo noticias al respecto, a pesar de que, en diciembre de 1945, ABC publicó su testamento.

«¿Qué pasó realmente en el búnker de Berlín en abril de 1945, antes de que el Führer desapareciera para siempre de escena sin dejar rastro? ¿Es posible que se haya escapado y que la historia de su suicidio haya sido una gran representación teatral?». Con estas dos preguntas comenzaba el libro de Abel Basti, « El exilio de Hitler» (Absalón), en el que este periodista argentino defendía que el líder nazi no se había pegado un tiro, sino que había huido a España antes de marcharse con Eva Braun a Argentina.

Basti era ya autor de varios ensayos previos sobre la presencia en su país de alemanes prófugos tras la Segunda Guerra Mundial. Aseguraba haber encontrado y entrevistado a testigos que estuvieron con Hitler en Argentina e, incluso, aportaba documentos de los servicios de inteligencia que coincidían con estos testimonios. «Existen documentos del servicio secreto alemán, que da cuenta de que llegó a Barcelona, procedente de un vuelo de Austria; del FBI, que indica que “el Ejército de los Estados Unidos está gastando la mayor parte de sus esfuerzos en localizar a Hitler en España”, y un tercero del servicio secreto inglés, que habla de un convoy de submarinos con los jerarcas nazi y oro saliendo con rumbo a Argentina, haciendo una escala en las islas Canarias», contaba el autor a ABC en 2010.

Abel Basti
En uno de los documentos aportados por el libro Hitler aparecía como uno de los pasajeros evacuados en un avión procedente de Austria, con destino a la Ciudad Condal, el 27 de abril de 1945. «Se trataba de una comunicación oficial secreta con copias al piloto Werner Baumbach, el cual emigró a Argentina y trajo consigo su copia», explicaba. ¿Y qué hizo Hitler para que no le reconocieran? «Se cortó el pelo, al ras, casi pelado. Y se afeitó el bigote. Con esto fue suficiente como para pasar desapercibido. Además, claro está, no se movía abiertamente en público. El corte de su bigote dejó al descubierto una cicatriz que tenía sobre el labio superior que no era conocida por la gente común», añadía Basti, quien asegura que «nunca hubo pruebas de su muerte ni pericias criminalísticas que demuestren el suicidio».

El relato oficial
La polémica teoría de este periodista argentino —que ha escrito otros libros sobre el tema como «Tras los pasos de Hitler» (2014), «Los secretos de Hitler» (2016), «Hitler en Colombia» (2018) o «La segunda vida de Hitler» (2019), todos en Planeta— desmiente el relato oficial defendido por la práctica totalidad de los historiadores más prestigiosos del mundo desde 1945. Según este, el líder nazi se pegó un tiro en la cabeza después de darle una cápsula de cianuro a su mujer, Eva Braun.

El líder nazi había regresado por última vez a Berlín el 15 de enero de 1945 y pronunciado sus últimas palabras a sus soldados alemanes, por radio, el día 30. En esa alocución se percibía que ya no era capaz de levantar la moral a nadie. Es más, en sus últimos días de vida, culpaba de todos los errores de la guerra a sus subordinados, nunca a él. «¡Usted no supo valorar la situación ante Moscú durante el invierno de 1941 […], y tampoco sabe usted interpretar correctamente esta situación!», le increpó a Heinz Guderian, uno de los generales más efectivos y racionales del frente del Este. Y tampoco tuvo piedad con sus tropas, apabulladas ante el empuje enemigo: «¡Mis divisiones de las SS se han olvidado de combatir! ¡Se han convertido en unos cobardes!».

A finales de febrero los soviéticos estaban ya a 80 kilómetros de Berlín y Hitler decidió esconderse en el famoso búnker. La guerra estaba perdida y no albergaba ninguna esperanza. El 29 de abril tenía ya noticias de la ejecución de Mussolini, que había sido colgado ese mismo día boca abajo junto a su amante Clara Petacci en una gasolinera de Milán. A medianoche, el Führer contrajo matrimonio con Braun en la sala de mapas del búnker y ambos se retiraron a sus habitaciones para celebrar una fiesta. Su secretaria Traudl Junge se quedó mecanografiando su testamento y, poco después, ambos aparecieron muertos.

El testamento, en ABC
Con la entrada en el búnker por parte de los soviéticos, estaba claro que la guerra había terminado. Pero, ¿dónde estaba el cadáver del Führer? El 25 de septiembre, este periódico ya se hacía una pregunta parecida con el siguiente titular: «¿Hitler, incinerado?». En la noticia informaba: «Un fuente alemana ha comunicado que un amigo personal de Martin Bormann [secretario privado de Hitler] se hallaba en la cancillería berlinesa en el momento de inspeccionar la incineración de los cadáveres de Hitler y Eva Braun. Cuando Bormann fue visto por última vez por su amigo, llevaba consigo el testamento del Führer».

Este testamento fue publicado por ABC, como «una prueba decisiva de la muerte de Hitler», el 30 de diciembre de 1945. En este, según la transcripción de este diario, el líder nazi realizaba los siguientes comentarios, además de informar sobre la destitución de varios colaboradores y nombrar al nuevo Gobierno con Karl Doenitz a la cabeza: «Aparte de su deslealtad hacia mí, Göring y Himmler han arrojado una vergüenza irreparable sobre el pueblo y la nación alemanes al negociar secretamente con el enemigo, sin mi consentimiento y en contra de mi voluntad, así como por haber intentado ilegalmente obtener el poder»; «aunque muchos de los miembros del nuevo Gobierno, junto a sus esposas, me han manifestado su deseo de no abandonar la capital del Reich y permanecer junto a mí hasta la muerte, no he tenido más remedio que pedirles que obedezcan mi orden»; «confío en que sean conscientes de que nuestra tarea, el establecimiento de un Estado nacionalsocialista, representa el trabajo de los siglos futuros», y «pido al pueblo que mantenga las leyes raciales hasta el límite y que resista sin piedad al envenenador de todas las naciones: el judaísmo internacional».

En septiembre de 1945, Stalin también acusaba públicamente a Gran Bretaña de mantener escondidos a Hitler y su esposa. Y los británicos, furiosos, enviaban al historiador Hugh Trevor-Roper para esclarecer este asunto. Entre los aliados occidentales surgieron las mismas dudas. En agosto de 1945, el senador Theodore Bilbo sugirió ofrecer un millón de dólares para «quien capturara con vida a Hitler». El FBI investigó el rumor de que el líder nazi y su mujer, junto a otros 13 jerarcas del Tercer Reich, habían llegado a Barcelona por avión el 27 de abril de ese año, continuando después su camino hacia Argentina. Sin embargo, las investigaciones sobre el terreno de Trevor-Roper y otras indagaciones persuadieron a los Gobiernos occidentales de la muerte de su archienemigo, según cuenta el historiador bilbaíno Juanjo Sánchez Arreseigor, en su libro «¡Caos histórico! Mitos, engaños y falacias» (Actas, 2019).

Testimonios y especulaciones
Durante la década de los 60, abundaron otras especulaciones sobre el paradero de Hitler. La revista «Polize Gazette», por ejemplo, aseguró que vivió escondido en una base ultrasecreta de la Antártida. Otras teorías sugirieron que había huido de Alemania en un submarino nazi y que logró llegar a Argentina, donde había sido acogido por el dictador Juan Domingo Perón. Se defendió, incluso, que se su destino había sido el Matto Grosso, en Brasil, ayudado por el Vaticano, y que murió en 1984.

A día de hoy, cada cierto tiempo aparecen nuevas informaciones. Hace dos años, Basti declaró de nuevo que el líder nazi había estado en Colombia. «Tengo un documento de la CIA que dice que estuvo allí en 1954, además de una foto de la CIA en la que aparece Hitler en la localidad de Tunja reunido con otro nazi llamado Phillipe Citroën. Además, durante mi estancia en Colombia he entrevistado a personas que aseguran que él estuvo en ese país y otros», declaró a EFE en Bogotá.

Una de esos testimonios, del que también se hicieron eco algunos medios de comunicación, era el de una anciana que aseguraba que había trabajado para Hitler y su mujer en 1956, en una residencia en Villa La Angostura, en Argentina. Otro era el de Eloísa Luján, una de las «catadoras» de la comida que se le servía al líder nazi para asegurar que esta no estaba envenenada; o el de Ángela Soriani, la sobrina de la cocinera del Führer, Carmen Torrentegui, durante su estancia en una finca al sur de Argentina.

Hitler murió a los 73 años
En 2014, tras la publicación de otro de sus libros, el periodista argentino seguía defendiendo que Hitler «no vivió enclaustrado», sino que se trasladaba con total libertad por Argentina y otros países como Brasil, Colombia y Paraguay. Según Basti, las principales agencias de inteligencia del mundo, como la CIA y el MI6 británico, contaban con informes y fotografías que confirmaban la presencia de este en Sudamérica después de 1945. Y hasta detallaba que, durante los dos primeros mandatos del expresidente argentino Juan Domingo Perón (1946-1955), este vivió en la hacienda San Ramón, a unos 15 kilómetros de Bariloche, bajo el seudónimo de Kurt Bruno Kirchner. La teoría fue también sugerida por Gerrard Williams y Simon Dunstan en su libro « Grey Wolf: The Escape Of Adolf» (Lobo Gris: la huída de Adolf), publicado por la editorial Sterling en 2011. Estos dos autores británicos aseguraron que el genocida había muerto en Argentino a los 73 años, en 1962.

En 2017 se difundió también un supuesto documento de la CIA de octubre de 1955, en el que uno de sus agentes en Sudamérica, que firmaba bajo el nombre de Cimelodoy-3, informaba a sus superiores de la posible presencia de Hitler en Colombia. El secreto le había sido confiado por un ex soldado de las SS llamado Phillip Citroen, quien le había mostrado una imagen de un hombre vestido de traje con el característico bigote del Führer, sentado junto a un Citroen. En el epígrafe se leía: «Adolf Schrittelmayor, Tunja, Colombia, América del Sur, 1954».

El año pasado, sin embargo, se publicó un estudio realizado por un equipo de investigadores franceses, publicado en la revista « European Journal of Internal Medicine», en el que se concluía que Hitler murió como consecuencia de una bala y de ingerir cianuro al final de la Segunda Guerra Mundial. Para su investigación tuvieron acceso a varios fragmentos de los dientes del dictador celosamente guardados en Moscú. «Los dientes son auténticos. No hay duda posible. Nuestro estudio prueba que murió en 1945. Ahora podemos poner freno a todas las teorías de la conspiración sobre Hitler. No huyó a Argentina en un submarino, no está en una base oculta en la Antártida ni en el lado oscuro de la Luna», aseguraba Philippe Charlier, coautor de la investigación, a la agencia AFP.

«El Gobierno de Israel y los cazadores de nazis como Simon Wiesenthal nunca tuvieron dudas sobre la muerte de Hitler en Berlín. Buscaron sin descanso a otros nazis fugitivos o desaparecidos, como Martin Bormann, pero a Hitler no lo buscaron jamás», subraya Arreseigor en su libro.


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