Desde que en 2011 el último turista occidental se hiciera el último autorretrato en las ruinas romanas de Baalbeck y se tomara la última copa en un bar cualquiera de Beirut, han sido los viajeros del Golfo los que han mantenido vivos los miradores, arrasado los centros comerciales y ocupado los hoteles del país. Al menos, hasta que el pasado febrero las puyas regionales entre poderes chiíes y suníes dieran al traste con las expectativas hoteleras para el verano. Uno a uno, los Gobiernos suníes del Golfo prohibieron a sus ciudadanos desplazarse al país de los cedros.
Lejos de tirar la toalla, tres meses más tarde el Ministerio de Turismo lanzaba en las redes sociales la aetiqueta #LawChouMasar (“pase lo que pase” en árabe). Confiando en la incandescente joie de vivre que caracteriza a los libaneses, el sector turístico busca hoy su nicho en el consumo interno, ampliando la oferta de casas rurales, destinos ecológicos e interminables horas de happy hours en bares y restaurantes. A la diáspora libanesa, esos siete millones de personas que pase lo que pase regresan cada año a visitar a sus familias, también se le ofrecen competitivos precios durante las temporadas altas. Al cliente libanés se suma un tímido, pero incipiente consumo regional de aquellos viajeros llegados de países como Egipto o Irak, donde la relatividad hace de Líbano un país seguro. Sin embargo, pese a que el sector turístico sobrevive, la gran mayoría de los jóvenes optan por emigrar en busca de un mejor futuro y estabilidad. Eso sí, seguirán regresando a cada Ramadán, Navidades y verano, pase lo que pase.ElPais
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