Turquía teme otro éxodo sirio

  13 Mayo 2019    Leído: 160
  Turquía teme otro éxodo sirio

La ofensiva final de El Asad en Idlib podría desbordarse en Antakya

Hay ciudades que ayer estaban en la Biblia y hoy en Turquía, y que ya lo han visto todo. Para ellas, la ofensiva final de Bashar el Asadsobre el último foco rebelde de Siria amenaza tormenta. A este lado de la verja de Idlib, Antakya sigue horneando los mismos panes que debió de servir en la boda de Marco Antonio y Cleopatra. Y respira hondo porque aquí la paz, por puro contraste, es algo palpable, que se huele y que se saborea.

Atrás queda su antiguo hormigueo de yihadistas europeos y sus propagandistas, a un paso de cruzar al paraíso armado. Cataclismos aún más antiguos derribaron el esplendor de Antakya, que conserva un aire de pesebre, tal vez porque aquí nació un tal Lucas o tal vez porque un tal Pedro congregó la primera Iglesia en una de sus cuevas. Hoy en día, aquí termina Turquía y también el mundo en paz. Y aquí desemboca, antes que en ningún otro sitio, el éxodo sirio.

Once países del Consejo de Seguridad de la ONU advertían anteayer del deterioro en la contigua provincia de Idlib, donde la ofensiva aérea ruso-siria de las últimas dos semanas habría provocado cien muertos y 180.000 desplazados. Damasco no quiere esperar más para recuperar una autopista crucial, y la ONU ha interrumpido la ayuda.

El millón y medio de habitantes de Idlib son ya tres millones, al acoger a los yihadistas de todos los territorios reconquistados por el régimen. Ellos y sus familias no son los únicos que se enfrentan a un escenario de destrucción como el de Alepo o Raqa, que convertiría a cientos de miles de desplazados en una nueva ola de refugiados hacia Antakya.

Los seísmos derrumbaron las glorias de esta franja del Levante, pero los bazares de Antakya, hoy aletargados, terminan sobreponiéndose, salpicados de mezquitas, iglesias y sinagogas. Un mosaico en el que los perdedores de Siria, aunque menos ecuménicos, también hallan su lugar.

Turquía tiene en su otro extremo, en el Egeo, la llave de paso de la compuerta más vulnerable de Europa. Sin embargo, tanto a Ankara como a Bruselas les interesa que los diques de contención estén lo más cerca posible de Siria, para aliviar el choque cultural, tanto en los refugiados como en sus huéspedes, y facilitar un posible retorno.

Algo más factible desde Turquía, que no concede el estatuto de refugiado, sino el de “protección temporal” hasta que un tercer país se haga cargo. Una opción menos onerosa y que no cierra las puertas a la deportación.

En Antakya, varias refugiadas de riguroso niqab se las ven y se las desean para enhebrar la aguja y dar unas puntadas ante la visita de varios europeos, cuyos países cofinancian el taller de costura. Es en esta Siria ataviada de negro y visión circunscrita en la que se vuelca la UE y, menos sorprendentemente, la Turquía islamizante de Recep Tayyip Erdogan. Porque es esta Siria rigurosamente suní la que huye de la guerra que está perdiendo. Mientras la Siria laica y de las minorías –incluida la cristiana– ha mantenido pese a todo su adhesión al régimen policiaco de El Asad.

Una avalancha de cuatro millones de refugiados –3,6 millones de sirios– bastaría para tumbar al gobierno más sólido del Viejo Continente. Pero no al de Ankara, donde el debate se había desarrollado hasta ahora con sordina. Ya no. La oposición laicista –que no es homogéneamente suní como lo es el bloque gobernante– es cada vez más crítica. El resquemor por la inmigración siria, combinado con el aumento del paro y la inflación, pudo inclinar hace un mes y medio las principales alcaldías del lado de la oposición.

Por eso, con retraso y con la boca pequeña, la UE agradece a Ankara la generosa acogida a esta marea humana. Con la chequera, pero también con la palabra y el gesto. Como el de los embajadores de Alemania, Francia, España y la UE, que en abril pusieron la primera piedra de un hospital en Dörtyol, entre el Mediterráneo y la frontera siria que no controla Damasco. Este futuro centro a prueba de seísmos y otro en Kilis copan los noventa millones para infraestructuras sanitarias concedidos por la UE. Pero hay más.

El doctor Mohamed Talal es uno de los 1.800 sirios empleados, tras un curso de reciclaje, en los 178 centros de salud para migrantes. En ellos se han atendido cinco millones de consultas y se han dispensado seiscientas cincuenta mil vacunas. “Aquí puedo ayudar a mi gente”, afirma Talal, que pasó “dos meses en la cárcel de Alepo en el 2012”.

Dice atender a muchos niños traumatizados por la guerra. “Hace dos días, a una niña con pesadillas. La incontinencia urinaria también es común. Entre las madres, lo normal es que rompan a llorar por la tensión acumulada”. En el centro reciben “tanto a civiles como a combatientes”, aclara, “mandados desde Idlib”. Dicha provincia siria está bajo control del Ejército Sirio Libre (ESL) y, sobre todo, de la última mutación local de Al Qaeda, Tahrir al Sham. “Ahora nos mandan al paciente sin ningún acompañante. Al final del tratamiento deberían volver a Siria, pero los que tienen parientes se quedan”.

El apoyo de Turquía y Qatar al ESL se mantiene incólume. Y su complicidad con la cofradía de los Hermanos Musulmanes, también. Por eso, en esta última fase de la guerra, el perfil de los refugiados coincide cada vez más con el de familias y pueblos vinculados a estos movimientos.

De ahí que el encomiable apoyo de la UE suscite también algunos interrogantes. Sobre todo, porque el oxígeno al exilio y la retaguardia de la oposición religiosa suní –civil y armada– va acompañado en todo momento de sanciones asfixiantes para la población cristiana, alauí o drusa que sigue apoyando al régimen laico de El Asad en Siria, como protección ante esas milicias suníes.

No es raro que el cariz sectario que ha adoptado la guerra provoque tensiones soterradas en este rincón de Turquía. “En las ciudades pequeñas, como Samandag, hay recelo, porque sabemos lo que sus milicias han hecho en Siria con los alauíes”, confiesa un traductor, alauí como la mayoría de los árabes nativos de Antakya.

“No vamos a dejar sola a Turquía porque le estamos extremadamente agradecidos”, dijo en Antakya el embajador alemán. La ayuda multilateral o bilateral de los europeos es cada vez más cooperación al desarrollo para evitar una generación perdida, en lugar de urgencia humanitaria,

El ruido mediático entre Bruselas y Ankara contrasta con su entente en el ámbito migratorio. Un ejemplo es el acuerdo “uno por uno”. Por cada inmigrante sirio retornado por la UE, Turquía le manda otro en situación vulnerable. Veinte mil desde el 2016. Asimismo, Ankara dice haber concluido la repatriación voluntaria de 300.000 sirios desde el norte de Siria bajo su control.

Unos 3.000 millones de euros de los cofres europeos han sido ya desembolsados para ayudar a Ankara a contener la crisis, y están presupuestados 3.000 millones más. Ankara dice que ha puesto de su bolsillo seis veces más. Mientras, la auditoría de la UE pide racionalizar costes.

Destacados países europeos alentaron a Turquía a implicarse en lo que debía haber sido otra fulminante primavera árabe. Todo el mundo ha pagado un alto precio por ello, pero el grueso de la crisis humanitaria ha caído sobre Turquía, que ha proporcionado educación y sanidad a una población que ha alterado el paisaje humano en siete de sus provincias vecinas a Siria y en distritos de Estambul, Ankara y Esmirna.

El colchón turco amortigua el choque cultural por la historia común otomana y una cierta continuidad religiosa, cultural y, en Urfa o Antakya –siria hasta hace ochenta años–, hasta lingüística. Si en toda Turquía los sirios representan el 4,5% de la población, en Antakya superan el 28%, con 436.000 personas.

Sólo un 7% de los sirios sigue en uno de los trece campos de refugiados. El resto vive de alquiler. Turquía les facilita algunos permisos de trabajo desde hace dos años, con cuentagotas: 62.000 hasta ahora. La enorme mayoría trabaja irregularmente, por menos del salario mínimo.

“La zona de donde vengo está destruida, así que no estoy seguro de volver”, dice un estudiante de Derecho en paro. Le secunda otro joven sirio, mientras que un tercero asegura que volverá “cuando la guerra haya terminado”. Por último, Sham Sherife dice que se fue de Siria con su marido cuando este, colaborador de Al Yazira, fue detenido y luego liberado. “Sólo pedíamos libertad de expresión”, asegura esta licenciada en sharía tras su niqab negro.

Estamos en uno de los centros receptores de trescientos millones de euros para inclusión infantil. Hay cien millones más para construir ciento treinta escuelas de obra y cincuenta barracones. Rimal tiene veinte años y es una de las 6.000 maestras sirias a las que la UE paga un incentivo. La cifra de profesores de turco subvencionados es similar, pero entre los 600.000 sirios nacidos en Turquía los hay al cabo de siete años que sólo hablan árabe.

La madre de Rimal dice haber perdido a tres hermanos en bombardeos y cuando llama a vecinos en Idlib –“familia ya no me queda, mis dos hijos están en Holanda”– de fondo “se oyen explosiones”.

A partir del curso que viene, los sirios serán la primera comunidad extranjera en la universidad turca, no sólo entre los estudiantes sino también entre el profesorado. El futuro. Mahmud, economista, es uno de los 500 sirios becados por el programa Spark de la UE. Otra becaria agradece poder estudiar Agronomía, mientras que un compañero dice que aún debe repartir butano.

Un millón y medio de sirios recibe cada mes una transferencia de la UE en su tarjeta de débito. Veinte euros por miembro familiar, más si escolarizan a sus hijos. Nótese que hay centros cívicos sólo para mujeres y niños, porque la UE no está en condiciones de imponer sus valores a la Turquía de Erdogan y aún menos a las familias de combatientes islamistas. Mejor correr un tupido velo.

lavanguardia


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