Los vecinos musulmanes del asesino: «¡Éramos su objetivo!»

  18 Marzo 2019    Leído: 194
Los vecinos musulmanes del asesino: «¡Éramos su objetivo!»

El egipcio Magdy Mohssen vive cerca de la casa del autor del ataque a las mezquitas. A su sorpresa se suma el miedo por ser de religión islámica.

Es fácil encontrar la casa alquilada donde vivía Brenton Tarrant, el supremacista blanco que mató el viernes a tiros a medio centenar de musulmanes en dos mezquitas de Nueva Zelanda. Es la que está vigilada por un policía armado con un fusil automático al subir la cuesta de la calle Somerville hasta la colina desde donde se divisa la bahía de Anderson, en Dunedin. Aunque Tarrant perpetró el salvaje atentado en Christchurch, la principal ciudad de la isla sur de Nueva Zelanda, residía en esta otra localidad que destaca por su monumental herencia arquitectónica de la época colonial británica. A 330 kilómetros al sur de Christchurch, Dunedin también está sobrecogida por el horror que ha sembrado este australiano de 28 años, ya convertido para desgracia de la ciudad en uno de sus vecinos más famosos.

«Es trágico enterarse de que alguien así vive cerca de ti», reconocía ayer a ABC Magdy Mohssen, un hidrólogo egipcio que lleva 19 de sus 60 años en Nueva Zelanda y jamás había reparado en el joven australiano. A su lógica sorpresa se suma otro sentimiento igual de descorazonador: el miedo de ser musulmán, el objetivo del odio asesino de Tarrant. De hecho, Mohssen conoce a algunas de las víctimas egipcias del atentado y hoy lunes viaja hasta Christchurch para darle el pésame a sus familias. «Sé que algunos han muerto, pero hay otro amigo por el que estoy preocupado, porque no lo localizo desde el viernes, el día del ataque», se lamenta a las puertas de su casa mientras lava su coche al atardecer.

Bajo el cielo rojizo que tiñe el sol al ponerse por un lado, y la enorme luna blanca que ya brilla sobre la colina por el otro, este es el típico barrio residencial de casas de madera de una planta con jardines abiertos y sin rejas en sus ventanas, pues Nueva Zelanda es -o era- uno de los países más seguros y tranquilos del mundo. Pero a 200 metros de la familia Mohssen se escondía un horror que podía haberlos puesto también a ellos en el punto de mira de su fusil de asalto. «¡Como musulmanes, nosotros éramos su objetivo!», exclama el hidrólogo mirando hacia el lugar donde vivía Tarrant.

Ubicado en el número 112, ocupaba la mitad de una casa de madera con paredes de color gris claro y tejado oscuro que simula ser de pizarra. Según medios locales, pagaba a la semana 280 dólaresneozelandeses (170 euros) por una estancia con dos habitaciones que dejó días antes del ataque. Curiosamente, en una calle cercana hubo en 1994 otro tiroteo que acabó con cinco miembros de una familia, los Bain. Por ese crimen fue condenado el hijo mayor, pero luego resultó absuelto. Veinticinco años después, los vecinos del barrio presencian otra tragedia.

«El viernes por la tarde, después del atentado, nos asustamos mucho porque la Policía acordonó la calle y registró la casa con el robot de los artificieros por si había una bomba», recuerda Riparata Meihana, una maorí de 21 años que vive a menos de cien metros. Desde aquel día, que la pilló tan de sorpresa como al resto del barrio, la casa alquilada por Tarrant se ha convertido en destino de peregrinación para los periodistas y cadenas de televisión. Cansados de ver rota su intimidad, los vecinos de las casas colindantes se niegan ya a hablar con los reporteros, nos advierte muy amablemente el policía que custodia la vivienda.

Tal y como han contado a los medios locales algunos vecinos del barrio, Tarrant era un tipo «tranquilo y retraído» que, en los últimos tiempos, había desarrollado una fuerte musculatura por ir con frecuencia al gimnasio. Aunque algunos lo definen como «algo raro», lo cierto es que no había despertado ninguna sospecha.

El club de tiro, clausurado
Al parecer, su comportamiento había pasado desapercibido hasta en el campo de tiro donde acudía a practicar con su rifle semiautomático AR-15. Enclavado en medio de un bosque de pinos en Milburn, cerca del aeropuerto de Dunedin, el Club del Rifle Bruce ha sido clausurado por orden de la Policía, como reza en uno de los dos carteles colgados a la entrada en su verja de hierro. En el otro figuran los teléfonos del presidente y el secretario, que se niegan a hacer declaraciones.

Tras el atentado, un antiguo soldado de las Fuerzas de Defensa, llamado Pete Breidahl, ha revelado en las redes sociales y los medios locales que presentó una denuncia ante la Policía por lo que vio y oyó las tres veces que fue allí para practicar, la última en noviembre de 2017. «Las conversaciones que tuve y la gente que conocí me aterraron literalmente hasta la médula y me marché de allí», explicó al portal de noticias Stuff. A su juicio, los miembros del club disparaban armas semiautomáticas y hablaban de apocalipsis zombis y de la masacre de Port Arthur en Tasmania, la peor en la historia de Australia con 35 muertos y 23 heridos. Negando estas acusaciones, el vicepresidente del club, Scott Williams, aseguró a Stuff que «no alimentamos a asesinos en serie» e insistió en que sus cien miembros están «consternados y asombrados», porque no tenían ningún indicio de que Tarrant pudiera cometer tal salvajada. Tanto en el campo de tiro como en su barrio, el horror del asesino de las mezquitas pasó desapercibido.

Abc


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