El desconocido (y repudiado) papel de los gitanos en la Guerra Civil: «Fueron los actores olvidados»

  19 Febrero 2019    Leído: 637
El desconocido (y repudiado) papel de los gitanos en la Guerra Civil: «Fueron los actores olvidados»

En la última década, tan solo unos pocos estudios han intentado averiguar cómo vivió, sufrió y luchó este pueblo errante entre 1936 y 1939

Hace poco publicábamos en ABC un artículo recordando la triste historia del beato Ceferino Jiménez Malla «El Pelé», un gitano creyente que fue ejecutado el 9 de agosto de 1936, por soldados republicanos, por el simple hecho de no renegar de sus creencias religiosas y entregar a los milicianos el rosario que siempre llevaba consigo. También conocemos la historia de otro gitano que alcanzó cierta notoriedad: el pintor anarquista Helios Gómez. Y si buceamos en la prensa apenas encontramos algún caso más, como el de un tal «Oselito» Palma León. Eso es todo.

Casi nada sabemos de la participación de este pueblo errante en la Guerra Civil al que la prensa de la época calificaba de manera despectiva e injusta de «andariego», «indocumentado», «de alegre discurrir» y cuyos hijos «nacían en los caminos». Y si quisiéramos contar los gitanos que, por unas razones u otras, alcanzaron cierta notoriedad en aquel conflicto que desgarró a los españoles entre 1936 y 1939, no tardaríamos mucho. Puede pensarse, y con razón, que no había que destacar su papel en relación con la raza, puesto que eran y son españoles como cualquier otro soldado de cualquiera de los dos bandos, pero lo cierto es que los periódicos sí que solían hablar de ellos, aunque por lo general para destacar siempre lo negativo, en el racismo imperante en la época. ¿Por qué no hablaron, entonces, de los que sí dieron la vida por la patria en uno u otro bando?

En la última década, tan solo un par de estudios recientes han intentado averiguar cómo vivieron, sufrieron y lucharon los gitanos en aquella guerra en la que se produjo alrededor de un millón de muertos. «Cuando consulté la bibliografía para enterarme de lo que se había hecho sobre este tema, me di cuenta de que no había absolutamente nada. Era tan original que me costó hacerlo», explicaba a ABC Eusebio González Padilla, autor de «El pueblo gitano en la Guerra Civil y la Posguerra en Andalucía Oriental» (ROMI, 2009), en 2011. Sin embargo, su participación en los conflictos bélicos de siglos pasados tampoco es muy conocida, aunque en el caso de la Guerra Civil resulta aún más sorprendente, ya que se trata de un conflicto relativamente reciente sobre el que se han publicado una cantidad ingente de libros, tesis, novelas, artículos o películas sobre los aspectos más diversos.


«Sólo pensaba en salvarme»


Una de las principales razones, según coinciden los escasos investigadores que se han ocupado de este tema, es que los gitanos vivieron la guerra como un conflicto en el que no quisieron verse involucrados. Eran fieles a su estilo de vida nómada y sobrevivían del comercio al margen de ese gran marasmo de ideologías que convivían en España, proyectadas en una cantidad enorme de partidos políticos, sindicatos y organizaciones. Sin embargo, también es cierto que la mayoría de los españoles se vieron involucrados en la guerra en contra de su voluntad, luchando por un bando u otro dependiendo de la zona en la que vivieran. «Yo sólo pensaba en salvarme, nada más. Ni política ni nada. Sólo salvar la “pellica”. Y vivo de casualidad», contabaGaspar Viana Blanco a este periódico con motivo del 75 aniversario de la guerra, sin avergonzarse de que se pasó los dos años que estuvo en combate corriendo de un lado para otro para evitar entrar en batalla .

La antropóloga Teresa San Román –que ha estudiado en los últimos 30 años la situación de distintas comunidades gitanas– constata esta misma tesis en «La diferencia inquietante» (Siglo XXI, 1997). En su estudio recoge este clarividente testimonio de un anciano gitano sobre su experiencia en la Guerra Civil: «Si ganaban los que “aluego” ganaron, nos iban a hinchar a palos y nos iban a echar de todas partes. Y si quedaban los otros, nos iban a matar trabajando en cualquier mina de por ahí, hasta que nos quitarían a nuestros hijos, como nos decían. Ni unos ni otros respetaban nuestras cosas, ni siquiera a nuestros muertos. Así es que el tío X y yo, que íbamos juntos, le cambiábamos la banderilla al burro según pasábamos por aquí o por allí».

Para Padilla, también investigador del grupo «Historia del Tiempo Presente» de la Universidad de Almería y responsable del Archivo Militar de Almería y Granada, esto no quiere decir que no existieran gitanos que lucharan en el bando franquista o el republicano. Como le ocurría al resto de los españoles, esto no es algo que se pudiera elegir. Te tocaba coger el fusil y ya, por lo que muchos se emplearon como artilleros y llegaron a ser cabos y sargentos, hasta el punto de que podemos encontrar a unos cuantos condecorados tanto en un bando como en otro.

Helios Gómez y El Pele
Helios Gómez fue quizá la figura más representativa de los gitanos durante la Guerra Civil. Este pintor, cartelista y poeta comprometido con el anarcosindicalismo andaluz trabajó para infinidad de periódicos y recorrió Europa en la década de los 30 enarbolando su raza. «El sino de este gran artista, gitano y revolucionario, le manda siempre estar donde el pueblo viva horas dramáticas», decía de él el diario «Crónica», el 15 de octubre de 1936.

Se afilió al Partido Comunista poco antes de comenzar la guerra y llegó a ser un miembro importante del partido, como comisario político de la central de UGT. Luchó en los frentes de Guadarrama, Madrid y Andalucía, obteniendo gran notoriedad, hasta que, durante la batalla de El Carpio, mató a un capitán de su propio ejército por una disputa ideológica y tuvo que regresar al bando anarquista como miliciano de la 26 División, la antigua Durruti, con la que pasó a Francia en 1939.

En el otro extremo de esta contienda fratricida esta Ceferino Jiménez Malla «El Pelé», el único gitano beatificado en la historia de la Iglesia, por Juan Pablo II. No era un soldado, pero su historia le ha hecho convertirse en un auténtico icono para el pueblo gitano. Se trataba de un simple comerciante de mulas marcado profundamente por la religión católica, que murió fusilado en Barbastro (Huesca) por un grupo de milicianos después de interceder por un sacerdote del municipio que había sido detenido, pocos días después de comenzar la guerra. Al parecer, los milicianos ofrecieron a «El Pele» el indulto a cambio de renegar de su fe católica, pero él se negó. La madrugada del 8 de agosto de 1936 fue ejecutado junto a la tapia del cementerio.

«Con el agravante del racismo»
Pero estas son excepciones. La mayoría de los gitanos eran, efectivamente, apolíticos y querían andar por la guerra sin intervenir en ella, aunque la padecieran más si cabe por el plus del rechazo racial. «En la mayor parte de las ocasiones, hemos soportado los temporales con el agravante del racismo, añadiendo sufrimiento al sufrimiento», explica Dolores Fernández, presidenta de la Asociación de Mujeres Gitanas ROMI y autora, junto a Padilla, de «El Pueblo Gitano en la Guerra Civil y la Posguerra» y «Mujeres gitanas en la guerra civil y la posguerra», para quien los gitanos fueron los «actores invisibles» de esta guerra.

«Fueron los actores olvidados, y además olvidados después de la guerra -comenta Padilla-, porque todo el mundo se integró entre los perdedores o los ganadores. Pero ellos siguieron siendo nómadas y quedaron diezmados por guerra, y en muchos casos eran incluso desalojados de las cuevas en las que vivían, asociados como estaban a la delincuencia».

Según explica el archivero e investigador, sufrieron especialmente por las leyes contra la guerrilla, porque en su vida de comerciantes «dedicados al estraperlo, viviendo en los caminos y vendiendo artículos de un lado a otro, eran continuamente tiroteados bajo la sospecha de que iban a abastecer a la guerrilla».

Pero los gitanos fueron repudiados no solo por el bando franquista, sino también por los miembros más radicales de la izquierda española, algunos de cuyos militantes más veteranos y respetados «propusieron expulsarlos, porque eran muy jóvenes y muy de familia», según este caso de la «Colectividad Campesina Adelante» de Lérida, recogido en la obra de Dolores Fernández.

No inscribían a sus hijos
Esta aparente invisibilidad histórica se deba también a que los gitanos eran, como les calificaba ya el «Mundo Gráfico» en octubre del 36, «enemigos de los papeles oficiales». No inscribían a sus hijos en los registros o les ponían nombres de mujer para que no tuviesen que hacer el servicio militar. «Por eso hay tantos gitanos que se llaman Trinidad o Consuelo», cuenta Padilla.

En esta invisibilidad voluntaria, el pueblo gitano se caracterizaba por su alto sentimiento apátrida, «superior al de la mayoría de los anarquistas», su rechazo a la política impuesta por los estados y a su fuerte sentido de la comunidad solidaria, «mayor que el de muchos comunistas», explica el historiador David Martín, quien no se olvida tampoco de la enorme fe católica, superior incluso a la que hacía gala el bando franquista.

Más allá de estas características singulares, Padilla cree que si los gitanos tenían que identificarse con alguien, lo hacían con el bando de la izquierda, aunque está convencido de que «un porcentaje muy alto de ellos no sabía realmente lo que era la República».

En Cataluña, por ejemplo, encontramos algunos casos de gitanos participando en la revolución anarquista, colaborando en distintas colectividades o alistados en sindicatos como la CNT. «Pero es una situación coyuntural, ya que en la región catalana el anarquismo fue muy fuerte y los gitanos, como muchos campesinos, fueron arrastrados por el movimiento de forma masiva», asegura Dolores Fernández.

Partidos políticos, sindicatos y organizaciones; izquierdas y derechas; republicanos o franquistas... nada de esto parecía encajar en su mundo singular, dedicado a recorrer los caminos y sobrevivir del comercio. Aquella era para la mayoría de ellos, sin más, una guerra «de payos»: «Vi como fusilaban a tres, y también vi a toda la gente del barrio reunirse y celebrarlo como si fuera una fiesta o una corrida de toros. Entonces, maldije mil veces, porque otras me preguntaba: ¿Por qué mi madre me parió gitano?, ¿por qué no haber nacido yo como un payo más, con sus casas y sus cosas adecuadas? (…). Pero después de lo que acababa de ver, dije: ¡bendita sea mi madre que me parió gitano! Porque entre nosotros esto no existe. Ayer se saludaban, ayer se abrazaban, y ahora se odian y se matan. ¿Por qué hay tanta zana entre el mundo payo?», contaba un superviviente gitano en el documental «Yo me acuerdo… gitanos aragoneses en la guerra civil» (productora Nanuk P.A.).

Abc


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